Juan Mesa Serrano.
Juan Mesa Serrano
Vino, sentimiento, guitarra y poesía,
hacen los cantares de la patria mía...
Cantares...
Quien dice cantares, dice Andalucía.
Así comienza el poema del andaluz Manuel Machado, Cantares.
Y así enlazo, con este poema que tanto quería Juan Mesa y era una de tantas reliquias
que lucían en las paredes de La Cuadra. Aquél recinto sagrado, tan bien
mantenido en la Peña Flamenca Linense, que fue su estudio, su fragua y su bodega.
Porque allí meditaba sobre los quilates de los sonidos negros, allí, sobre el
yunque de su guitara y el fuelle de su talento, fundía y bruñía los resortes
mágicos de la muy alta musicalidad andaluza; allí conservaba y mantenía las
profundas soleras del sueño y del desgarro, de la pena invencible y de la
alegría triunfante.
Allí, Juan vivía La Línea con su arte, y
desgranaba las uvas de una parra inefable, porque el arte de la guitarra no se
puede decir, es un llanto y una risa para sentir; que sólo puede traducirse,
como torpemente intento ahora, aunque no se trata de eso. Y Juan lo sabía, lo
había aprendido desde que era un niño. Su arte era una soledad que se hace multitud
en espacios verdaderos. La Cuadra, siempre abierta a sus amigos, entre las
soleras de un arte que huele a vino limpio y esperanza luminosa. No es que le
arrancara a la guitara la vida que ciega y alumbra, él le daba ese calor
luminoso que todo lo ciega y todo lo calla.
Cantares...
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo
moreno rasguea la guitarra...
Algo que acaricia y algo que desgarra.
Sentimiento profundo de un linense cabal, ejemplar
por su dedicación al arte inmortal de Andalucía y por su dilatada labor de
docencia musical.
Juan Mesa fue un maestro respetado, querido por
sus discípulos y por todos los artistas que le conocieron y reconocieron su
magisterio. Dentro y fuera de La Línea, afirmó su prestigio y confirmó su amor
por el arte flamenco, y por su pueblo. Cuando las grandes figuras del cante
actuaban en nuestra ciudad, no dejaban de visitar a nuestro Juan Mesa. Eso lo
saben todos, y muchas cosas más que sería prolijo enumerar en esta humilde sempblanza,
pues de todos son conocidas sus grandes dotes de embajador y recepcionista. Durante
una gira por Marruecos con un recital de Cante y Poesía, apareció un artículo
en España de Tánger con un titular: “Andaluces de La Línea”. Y, Juan Mesa
estaba más orgulloso con ese titular que con todos los éxitos y aplausos que
cosechara… Andalucía, La Línea. Siempre viviendo La Línea, consciente de la
vocación del andaluz, que no es otra que tutearse con el mundo entero desde el
rincón de Andalucía que le vio nacer. Asimismo, en sus conciertos y
actuaciones, por donde fuera, ponía bien alto el pabellón de nuestra ciudad. Su
Pueblo, al que tanto quiso y que tanto le quiere a él. Yo le decía que era como
la procesión del Corpus, que se va parando en todos los altares; porque, con
él, no se podía ir de un tirón desde la Plaza de Fariñas hasta la calle Real;
eran continuas las paradas para saludar a unos y a otros… Juan disfrutaba con
su gente, y su gente siempre le consideró y le concedió la predilección que hoy
se le otorga en este acto… Entre todos los méritos de Juan Mesa, yo considero
uno que, aparte de su linensismo, le hace valedor del gran honor que hoy
recibe: su dilatada dedicación a la enseñanza. Toda una vida dedicada a tantos
niños y jóvenes linenses que acudían a él para recibir la maravilla de un legado
cultural. Compartió con todo su hallazgo del tesoro del Alma Andaluza. Sembró y
recogemos.
Hay que felicitar a los responsables de tan
certera concesión, que a él le hubiese gustado vivir, sin duda. Pero, Juan Mesa
ya era uno de los hijos predilectos de La Línea, antes de recibir hoy tan
preciado y justo homenaje. No había más que verlo en su salsa, rodeado de la
admiración, del respeto y del cariño de sus paisanos. Ahí va un linense de
verdad, se decía de él. Y cómo vivía la emoción profunda de ser linense. Una
emoción que trasmitía a quienes tuvimos la gran suerte de conocerlo. Pero Juan
Mesa no era de esos linenses a ultranza, de aquéllos de nuevo cuño y dudosa
devoción. Su amor por La Línea era crítico, como él lo era para su arte. Él le
cantaba, por soleares, las verdades al mismísimo lucero del alba. Todos lo
saben. Por eso, su amor por La Línea y por los linenses, tenía la dimensión
mágica de la verdad. Juan Mesa era de verdad; artista, maestro, amigo de verdad…
Linense de verdad. No es tarde para decírselo… Y continúa Manuel Machado en su
Cantares, lo que él solía repetir:
No importa la vida, que ya está perdida.
Y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...
En su Cuadra eterna, Juan Mesa, hoy es un ángel
feliz enseñándole arpegios y escalas a todos los luceros que se asoman tras los
barriles y vitrinas a contemplar a un Pueblo agradecido y feliz por haber
contado con un linense valioso y maestro notable del Arte andaluz por
excelencia. Y en esta víspera del Día de Andalucía, brillarán con más fuerza
los versos finales del poema que tanto amaba:
Cantares. Cantares de la patria mía...
Cantares son sólo los de Andalucía.
Cantares... hoy, rodeado de sus mejores discípulos
es el linense feliz que vive en Plaza Fariñas veintitrés, en la Cuadra que aún
existe y seguirá existiendo recreada por sus amigos y alumnos. Y con esa
alegría nos dirá ahora, con su guitarra en el reflejo de sus discípulos y con
las palabras de Manuel Machado: “No tiene más notas la guitarra mía”.
Gloria a un gran linense, Gloria a Juan Mesa.
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Juanito Maravillas
Juanito
Maravillas
A principios de los 50 del
siglo pasado, llegó a La Línea Juan García Alcalde, y llegó para quedarse. Nacido
en Villaviciosa, Jaén, ya traía puesto el nombre que le dio fama: Juanito
Maravillas. Venía curtido en mil funciones por los escenarios de España junto a
los mejores cantaores de la época. Traía un don, un privilegio que concede la
Gracia a las criaturas que van por la vida cantando. Y cantando, en La Línea desplegó
su arte, un arte antiguo y profundo que vibraba en su garganta con los
diapasones floridos de su voz característica; con su manera personal de
entender este arte nuestro que llamamos Flamenco. Y, aquí con su arte, conoció
a Teresa, y con Teresa afirmó los cimientos de una familia. Con su arte llegó y
con ese arte permaneció en La Línea… hasta hoy.
Juanito Maravillas vino de una
España cenicienta y abatida que, en aquélla época de fritanga y pirriaque,
encendía las diablas de un arte monumental en un despliegue por los teatros de
toda la geografía; un arte que iluminó durante décadas las vidas y los milagros
por vivir. Llegó a una ciudad que, a pesar de los apagones y las estrellas de
carburo, brillaba con una luz que la diferenciaba. La Línea, distinta y
arrebatadora, era entonces aquélla ciudad que fue la nostalgia de nuestros
mayores. La mejor ciudad del mundo, el mejor sitio para vivir. Bullicio,
alegría, futuro; y en los claroscuros de la época, chorros vitales a todas
horas... Todo lo absoluto que un día se hizo relativo. Aquella ciudad, amante
del arte y de los artistas, encandilaba a propios y extraños con un sentido muy
peculiar de su existencia entre dos mares, y a la sombra del Peñón. Una ciudad
con una gran personalidad, restos quedan, que hizo suyo a Juanito Maravillas para
siempre. Y él encontró en La Línea su lugar y su destino. Juan García Alcalde,
el Juanito Mantola de Villaviciosa, fue, y es, un linense "con el sol como
divisa". Un linense que derrochaba su don y, con su personalidad, vivía el Cante
Flamenco; un arte andaluz que en aquél entonces primaba sobre todas las cosas.
Entró a formar parte, por derecho propio, de esa amplísima galería de artistas y
aficionados linenses; a experimentar este gusto por la vida y ese derroche de
sal, alegre y viva, que destilaban las calles de La Línea; y que fue la
admiración de los vecinos y de aquellos que se acercaban imantados.
Si Maravillas venía de la alta
escuela de los Pavón y de Vallejo, de Marchena y Valderrama; desde la
pontifical Villa Rosa entre grandes figuras del cante, del baile, de la
guitarra, vino a quedarse en La Línea, a ser linense. Desde las tabernas y
tablaos, desde teatros y plazas de toros de toda España, desde reuniones de
cabales o profanos, hasta las recogías en el Tánger, o el Chiquilín, o el Agua
Pato. Alternaba sus giras por toda España con las estancias en La Línea, en su
casa, en su pueblo... Cantando por su pueblo, participó en innumerables festivales
benéficos en el Parque o en el Trino Cruz… Abundaban artistas, y aficionados, que
compartieron escena con Juanito Maravillas, entre otros Brillantina, Paco
Torrejón, El Terry, Agustín Pol, Manolo el Chófer, con la guitarra del
maestro Vargas, de Juan Mesa; además de las actuaciones de elenco en el Amaya o
en el Cómico, en funciones que eran muy frecuentes entonces con los artistas
más prestigiosos del planeta cantaor.
Si Maravillas traía en la
médula a sus maestro vivos, Marchena, Valderrama, El Pinto, El Mojama, y tantos
estilistas del fandango que pululaban por aquella España de tronío y penuria, de
descorche y señorío; aquí se encontró entre artistas de gran solidez como Chato
Méndez, La Paca, Los Jarritos, y El Chaqueta al frente de su corte de sabios
del Cante… Y con un Dominguillo, nuestro Domingo Gómez Sodi, que le fue
arrimando letras como quien va echando ramitas de romero a una hoguera que no
iba a consumirse jamás.
Maravillas conocía todos los
palos del flamenco, había escudriñado y llegado a la almendra del Cante, unas
veces dulce y amarga otras. Conocía los registros musicales del flamenco, no le
faltaron los mejores maestros. Ni detractores que consideraban al fandango como
un arte menor, un cante chico. Esos aficionados, buenos sin duda, cabales sólo
por sus preferencias, que buscando la grandeza del Cante no oyen la grandeza de
quien lo canta. Yo he tenido la suerte de oírle cantar por “to lo jondo”; él conocía
los estilos y las maneras de los pontífices del cante. Juan, nuestro Juanito
Maravillas, tenía un talento musical que sólo otorga la Gracia a sus hijos más
queridos. Se paseaba por la calle Real con unos Tientos o con una Seguiriya,
con Tangos o con Soleares, lo mismo que hacía galas por toda España con
Vidalitas, Milongas, Guajiras y Fandangos, “jondos” o ligeros, esos llamados
fandanguillos que tanta fama le dieron. Pero el Maravillas, desde su talento
chispeante, sabía cuál era su cante y encontró su propia dignidad. Cumplió con
el deber sacrosanto de todo artista: Buscar hasta encontrar su propia voz y
sustentarla en su estilo. Lo mismo que encontró en La Línea su escenario más grande,
el de la Vida ante este milagro de claridades sonoras mirando a los mares,
aunque sea de noche. Entre sierra Carbonera y el peñón de Gibraltar, iluminado con
este cielo y con la calidez de la acogida linense, elevó su personal edificio
musical. Y elevó con su Teresa, y con sus hijos Dora, Concha y Juan, un recinto
afectivo, un refugio tras la constante y a veces dura briega con los
imponderables mihuras que acechan en las esquinas y reboticas de cada actuación.
Y aquí, entre nosotros, disfrutó del respeto y la consideración en la misma
medida que él profesó por La Línea y por su gente. Esa combinación perfecta no
podía fallar.
Es de justicia que su memoria
se vea glorificada hoy con este honor. Juan García Alcalde, nuestro Juanito
Maravillas, se sentiría gozoso. Habrían acudido aquí, con nosotros a este salón
de plenos, todos los grandes artistas que en su mundo fueron; salidos de los
rancios carteles que ilustran la historia del Cante, para rendirle homenaje y
reconocimiento. Y él, con su voz de hedonismo exultante, henchido de alegría,
nos dedicaría un cante eterno con el melodioso prodigio de los ángeles que
saben cantar los cantares de Andalucía… No sin antes exclamar su grito jubiloso
y vitalista:
¡Que aquí no falte Gloria!
Gloria a ti Maravillas.
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